La Intimidad: ese encuentro tan deseado

Durante mucho tiempo llegamos a pensar que nuestro núcleo esencial como personas se encontraba oculto y resguardado en las profundidades de nuestro ser: entablar una relación de intimidad- amigo, pareja- sería entonces sinónimo de revelar esas profundidades donde se esconde lo que nos constituye.

Sin embargo es en los distintos modos de intercambio con las otras personas donde se revelan nuestros más genuinos deseos y necesidades. Uno de ellos es el de llegar al otro, resonar con el otro, anhelo que cuando se cumple nos llena de júbilo y cuando no se ve satisfecho provoca un crudo dolor.

Recientemente una paciente ya madura me relataba su sufrimiento – motivo no único pero importante en la separación-al no sentirse “escuchada” por su pareja, no ser escuchada que no aludía a un déficit auditivo sino a una insensibilidad por parte de su marido para captarla en sus estados emocionales más amargos y tristes. Es así como en los momentos en que ella se sentía desanimada cargaba con la sensación de estar totalmente sola en presencia de quien esperaba pudiese compartir la misma onda emocional.

El desgarro que produce el sentir que la otra persona es inalcanzable emotivamente puede llevar a la destrucción del mismo deseo de intimidad y, como en el caso de mi paciente, al deseo de la disolución de la pareja.

Una multiplicidad de motivaciones mueven nuestra vida anímica – sentirnos seguros, valorados, organizados, regulados- y cuando no logramos llegar a la otra persona podemos sentirnos inseguros, devaluados, desorganizados y desregulados, según sea lo que más impulso nuestra vida.

Es muy frecuente en las mujeres que estos desencuentros no solamente tomen la forma de reproches sino de una acumulación de facturas a cobrar que además de dañar el vínculo dañan el espacio psíquico de la misma mujer.

La posibilidad de un genuino encuentro con la otra persona se va construyendo a lo largo de la vida desde los primeros meses, cuando siendo infantes nuestros cuidadores responden con una sonrisa a la propia sonrisa, entablándose así una especie de danza empática, hasta en la vida adulta cuando deseamos compartir por ejemplo una idea o un sentimiento.

Es por ello que resulta casi un compromiso ético con nosotras mismas, saber quiénes somos, quienes son las otras personas que nos acompañan y animarnos a entablar una relación de intimidad con nosotras mismas, escuchando nuestros deseos pero también nuestras necesidades.

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